Recuperar variedades locales y nativas en pos de la agrobiodiversidad

La recuperación de variedades tradicionales y su conservación para las futuras generaciones constituye uno de los retos para las generaciones actuales. La desaparición local de variedades criollas, endémicas o introducidas, tiene implicaciones negativas sobre la diversidad útil disponible de plantas de cultivo que son capaces de aportar elementos importantes en el mejoramiento genético a mediano y largo plazo. Debido a las características de adaptabilidad y atributos de calidad, dichas variedades presentan un paso de avance en la evolución de las especies en beneficio del hombre, pues han acumulado o aumentado la frecuencia de genes que aportan resistencia o rusticidad a diferentes factores bióticos y abióticos, limitantes de la productividad. La biodiversidad agrícola tradicional le confiere al sistema agrícola una estabilidad en el tiempo, permitiendo obtener cosechas con rendimientos aceptables, aún en
condiciones difíciles de producción.
El éxodo de la población del campo a las ciudades, en la búsqueda de mejores condiciones de vida, fenómeno que ha estado ocurriendo en las áreas rurales de muchos países de la región de América Latina y el Caribe, ha traído como consecuencia la pérdida de especies y variedades de cultivo, que se habían mantenido y conservado de una generación a otra de las familias por largos períodos de tiempo.
Este fenómeno, unido a la sustitución impuesta por la agricultura comercial de las variedades tradicionales por las mejoradas con mayor respuesta en los rendimientos a partir de una alta utilización de insumos tecnológicos, hizo que se abandonara una buena parte de la biodiversidad agrícola tradicional, con la consiguiente erosión de la cultura de su uso.
Las variedades locales y nativas son seleccionadas en agroecosistemas donde la selección natural juega su mejor papel, unida a la selección conciente e inconsciente del campesino, por ejemplo, cuando prepara la siembra y selecciona las semillas de mayor tamaño para la próxima cosecha, o aquellas que provienen de frutos con sabor más dulce y textura más suave. En el campo se realiza selección negativa de plantas con porte no deseado, o con signos evidentes de ataque de enfermedades y plagas. Debido a esto en ocasiones sobreviven variantes producto de mutaciones raras. Sin embargo, el mejoramiento genético sobre bases científicas juega un rol fundamental y debe ser integrado en los planes de la agricultura orgánica y muy especialmente en la producción de semillas mejoradas y aptas para este tipo de producción.
El campesino acepta la heterogeneidad de las poblaciones dentro de las variedades tradicionales, ya que muchas veces el beneficio radica solo en la producción total. Otras veces se busca la homogeneidad de un solo carácter y se permite que otros en la misma variedad sean heterogéneos. Por ejemplo: una variedad de fríjol con diferentes colores de grano, una variedad local de maíz donde coexisten diferentes razas (Tuzón, Canilla, Dentado, etc.), como ocurre en localidades de Guantánamo. Dentro de este contexto, no toda la variabilidad fenotípica local es útil frente a los grandes problemas de los pequeños agricultores, sean orgánicos o no. La resistencia a enfermedades a bacterias, virus y hongos; a los ataques de insectos de pre y pos-cosecha y a los factores abióticos (sequía, salinidad, heladas, altas temperaturas, etc.) requiere de un esfuerzo concreto y concertado de mejoramiento genético, basado en toda la variabilidad disponible o en la creación de nueva variabilidad así como de métodos de mejoramiento tradicional y de aquellos de avanzada en base a la genética molecular.
Los sistemas donde se desarrollan las variedades tradicionales son cada vez más vulnerables por la actual erosión de los suelos, los cambios climáticos significativos que conllevan entre otros, a sequías prolongadas e inundaciones, por lo que la conservación de las variedades tradicionales se convierte en una prioridad, dentro de la estrategia dirigida al incremento de la seguridad alimentaria de una población cada vez mayor.
Los factores culturales son importantes a la hora de mantener los recursos fitogenéticos y los conocimientos etnobotánicos asociados a los cultivos. Las preferencias de alimentos y las costumbres de utilización de plantas están profundamente arraigadas en la cultura de los pueblos.
En las décadas pasadas se dio prioridad a la colecta y la conservación ex situ de germoplasma, especialmente las
variedades tradicionales de cultivos y especies silvestres emparentadas. En Cuba, las colecciones de cultivos de hortalizas, oleaginosas y granos, conservadas en el Banco de Germoplasma del Instituto de Investigaciones Fundamentales en Agricultura Tropical Alejandro de Humboldt (INIFAT) han servido de base a programas de mejoramiento genético en el país con resultados concretos visibles a través de nuevas variedades de rendimientos superiores y resistencia a diferentes tipos de estrés biótico y abiótico. Una buena parte de las colecciones provienen de materiales colectados a lo largo de la Isla, que los campesinos mantienen de forma
tradicional en sus fincas, tal es el caso de cultivos como el frijol común y la habichuela corta (Phaseolus vulgaris), el
maní (Arachis hypogaea), el frijol carita (Vigna unguiculata spp. unguiculata), la habichuela larga (Vigna unguiculata
spp. sesquipedalis), el tomate (Lycopersicon esculentum) y otros. Así mismo, otras instituciones han obtenido y transferido a los agricultores variedades de grupos de cultivo como raíces y tubérculos, arroz, café, cítricos y frutales que han incrementado la disponibilidad de alimentos en los mercados nacionales.
Los casos más relevantes de utilización de germoplasma nativo en la Sub-región de Meso América y el Caribe, lo constituyen el maíz y el frijol (FAO, 1995). La utilización de estas dos especies nativas reveló que actualmente la tercera parte del área sembrada en la región corresponde a variedades mejoradas e híbridos (especialmente de maíz), obtenidos a partir de este germoplasma.
En las áreas de montaña, donde predomina la agricultura tradicional, continúa el uso de variedades locales. Por otra parte, los programas nacionales, regionales e internacionales de mejoramiento de especies de pastos y forrajes también están considerando especies nativas, principalmente leguminosas, como Centrosema sp., Stylosanthes sp. y Leucaena spp.
Existe un buen número de especies maderables nativas, cuyo germoplasma está siendo utilizado en programas de
reforestación en Cuba, como Pinus caribaea, Leucaena leucocephala, Acacia spp. y Cordia spp.
En cuanto a la conservación de germoplasma tradicional, durante los últimos años se han concentrado esfuerzos en el desarrollo de la conservación in situ de estos recursos tradicionales, asociados al desarrollo de las comunidades rurales, teniendo en cuenta que esta forma de conservación permite la evolución de las especies y variedades en un agroecosistema en particular.
Como ejemplo de algunos cultivos tradicionales, cuya variabilidad es amplia en algunas localidades, podemos citar entre los granos al frijol “caballero” (Phaseolus lunatus), especie no comercial en Cuba, marginada a los huertos caseros de las áreas rurales, que por el contenido de proteína de sus semillas podría constituir un renglón más en la dieta de la población, a partir de la diversidad presente en el país. Entre las viandas se podría mencionar al ñame
(Dioscorea spp.), cuyas raíces proporcionan carbohidratos y carotenos, sin embargo su consumo se restringe a la región oriental del país; a frutales, como el caimito (Chrysophyllum cainito) y el canistel (Pouteria campechiana); a especies del grupo de las plantas condimenticias, como la pimienta (Pimienta dioica). Ninguna de ellas se explotan en todas sus potencialidades para la alimentación humana.
Entre las especies hortícolas resulta significativo para Cuba la utilización de los tomates tradicionales, como los del tipo “cimarrón” (Lycopersicon esculentum var. cerasiforme) y “placero” (L. esculentum), ambos utilizados principalmente como condimento, en forma natural o en conserva. En el caso de los tipos de ají cachucha (Capsicum chinense) se destacan por su utilización cada vez más creciente, con un aumento de su presencia en el mercado agrícola.
Por otro lado, otros estudios sobre agrobiodiversidad en fincas y huertos caseros de áreas rurales de algunos países como Cuba, Guatemala y Venezuela muestran que existe bastante diversidad de plantas aún subutilizadas, que no llegan a los mercados locales y a veces la población las desconoce, especialmente en las áreas urbanas. Las estrategias de los países de la región podrían dirigirse a fortalecer los sistemas de producción de semillas de algunas de estas especies, extender su cultivo y producción, haciendo a la vez una amplia difusión y divulgación popular de las diferentes formas de elaboración y consumo en cada una de ellas.
Existe una fuerte tendencia en las familias de las áreas rurales a producir su propia semilla, siendo menos frecuente la compra de semillas en el sector formal. Ello origina que existan diferentes métodos de conservación, para que las semillas no pierdan su viabilidad de un período a otro de siembra, que varían desde el almacenamiento a cielo abierto (utilizando la sombra de los árboles y el aire para mantener las muestras frescas), la construcción de almacenes de madera y hojas de palmas (Roystonea sp., Thrinax sp. y otras), hasta el uso de bolsas de papel, tela y/o polietileno, y de frascos de cristal, incluso sellados con parafina.
La alta diversidad observada en los huertos y fincas de las comunidades rurales es una muestra de conservación in situ de la biodiversidad agrícola a través de su uso, realizada de forma empírica pero segura, y muy arraigada a las necesidades de cada familia y a sus propias costumbres. Estos nichos ecológicos pueden ser considerados como ricos bancos de genes, donde las especies y variedades han estado sujetas a largos períodos de selección natural y humana. En ocasiones las poblaciones se componen por una o dos plantas por huerto y/o finca, como es el caso de algunas especies de frutales como Annona spp., Pouteria spp. y otras, lo que pone en peligro su propia supervivencia.
Si se logra mantener esta forma de conservación in situ, apoyando la conservación participativa de los recursos fitogenéticos tradicionales en las comunidades rurales, y complementarla con la conservación ex situ que se realiza en los bancos de germoplasma, al menos para las especies en peligro de erosión genética, lograríamos proteger una buena parte de la diversidad y aumentar las posibilidades de ampliar la base alimentaría de las poblaciones humanas en el futuro. En caso de desastres naturales (como inundaciones o períodos prolongados de sequía) se contaría con un material de partida en el banco de germoplasma, a partir del cual se podría rescatar la variabilidad perdida con la reintroducción de materiales en esas áreas.
Estudios realizados en Cuba y otros países de la región han demostrado que el campesino tiende a mantener sus especies y variedades de cultivo y que las transmite de una generación a otra
dentro de la propia familia, junto a los conocimientos de su manejo. Los huertos y fincas son lugares de experimentación, donde pocas veces se sustituyen variedades mejoradas por variedades tradicionales, pero sí se ha observado que coexisten después de que las primeras han rebasado un período de prueba. El flujo genético se
desplaza primero dentro de la comunidad (intercambio entre vecinos), manteniendo la diversidad inter e infraespecífica más ó menos estable en una localidad, antes de cruzar los límites de ésta hacia otras localidades del país.
La experiencia de Cuba es que ha sido útil la realización de talleres de capacitación en diferentes localidades, donde se intercambian experiencias entre los agricultores, así como entre estos y el personal científico involucrado en investigaciones con las comunidades rurales, lo que ha permitido ampliar el conocimiento sobre la producción, conservación y manejo de semillas, acompañados por exposiciones de la agrobiodiversidad que ellos conservan. Se ha invitado a personalidades de los gobiernos locales a participar en dichos talleres con la intención de encontrar apoyo para extender y/o abrir el mercado para los productos tradicionales, lo que constituiría un estímulo social y económico para que las familias continuaran conservando. Con ello se podría mejorar la base alimentaria de la población, a través de la producción y desarrollo de nuevos productos, así como, promocionar sistemas informales de producción de semillas.

Acerca de dvuelta

Me llamo Daniel Rafael Vuelta Lorenzo, soy Ingeniero Agrónomo, Máster en Desarrollo Agrario Sostenible, poseo la categoría docente de profesor auxiliar, me desempeño como profesor de la carrera de Agronomía de la Facultad de Ciencias Agrícolas, fui el representante de la UO ante la Comisión Provincial de Plan Turquino hasta el año 2015. Actualmente me desempeño como presidente de la Cátedra Azucarera Älvaro Reynoso. Correo electrónico: dvuelta@uo.edu.cu
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